Busco amigos, dijo la unicornio.
Pero no encontró a nadie en el mundo capaz de verle, porque hasta los más pequeños se habían contaminado con la porquería del mundo. Y se echó a un lado del camino, a descansar, pensando que estaba sola. Miró entonces hacia el cielo, donde una estrella solitaria se mecía en lo alto del firmamento, y fue en ese entonces que se le hizo hermosa, bellísima, de mil psicodelias, una musa para su propio arte.Y en esa noche, cerró los ojos. Y recordó palabras de amor, un amor tan grande que había pasado en su vida, y se dejó caer, con la crin apoyada en una roca, y los ojos profundos mirando hacia la nada.
Estaba triste, porque se sentía sola, sin ganas de seguir. Pero, al ver esa estrella, se dio cuenta que no era así. No estaba sola, era única, no estaba triste, sólo le costaba recordar. Y no valía la pena llorar tanto, cuando una lejanísima estrella le había recordado que aún quedaba belleza. Se levantó, sacudió la crin y siguió adelante. Era única, era hermosa, era especial. era una unicornio preciosa. Y valía la pena vivir. Relinchó alegre y trotando, se alejó en el horizonte.
¿Cuántas veces nos hemos sentido así? ¿Sin ganas de seguir, sin ganas de luchar?
No estoy sola, no. Y de que puedo seguir, puedo. A veces cansará andar, a veces duele sonreír, pero con el tiempo, todo se supera, todo se puede. Y es que Dios nos ama tanto, que puso un cielo repleto de estrellas, un sol que da vida a las plantas, el viento que nos sopla en la cara, sonriente, como cálido beso del creador. Y ahí está, tendiendo las manos, ayudándonos a seguir, adelante, siempre adelante, apoyados en su presencia.
Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida.
Porque ese corazón, Dios lo dio para amar, para vivir, para ser suyos. Pero amar, no es caer con alguien hoy y con otro mañana, y quizás dentro de un mes con otro. Amar es reservar lo más sagrado para alguien, uno solo. Cuesta, sobretodo en esta época de corrupción sexual. Es ser uno con el otro, fundiendo las almas en un sólo ser, consagrándose sólo a uno. Y viceversa. Porque es vivir como Dios quiere, en armonía con él, siendo sus hijos y comportándonos como tal.
Y, para todos aquéllos, que por estupidez no esperamos, es levantarse, porque no somos basura. Es sacudir la corrupción en la que caímos, y limpiarse el polvo. Es curarse las heridas y sostenerse en Su Palabra, para no volver a caer. Es aprender del error y reconocerlo, y saber que nos equivocamos, pero ante todo, levantarnos. Y seguir adelante. Y no volver a caer, jamás.
Coger la mano de Dios y decir, "de aquí no me suelta nadie", y ser del mundo, pero sin ser de él. Y poco a poco ir descubriendo lo maravilloso que es Dios, y sentirse alegres porque él nos ha perdonado. Y esperar, y prometer que nunca jamás se volverá a caer, luchando contra nuestros propios demonios, para derrotarlos y dejar de cometer error tras error. Con la cara limpia, y el corazón sanado. Jesús cura todas las heridas. Y es que, no porque el mundo esté loco y permita tanto libertinaje, yo voy a ser igual. Porque yo no soy del mundo, sino de Dios.
Y soy mujer, y creo en Dios, y sé que me equivoqué, y lo reconozco. Pero no voy a permitir que mi intimidad esté desperdigada y que mi dignidad, mi estatus de princesa, mi amor y mi fe sean pisoteados por cualquiera. Y qué si el mundo me juzga por no ser como ellos. Que me juzgue Dios es lo que a mí me importa.
Guarda tu corazón y tu vida, y tu intimidad, para esa persona especial, que llegará. Quien te hace, voluntaria o no, entregar tu cuerpo, no te respeta. Y, ese peso nunca se quita, porque no hay vuelta atrás. Por muy sabroso que sea el momento, no se compara con los remordimientos después, y si.... ¿y si esa persona se va, volverás a hacer lo mismo con el siguiente "novio" que tengas?
Yo no. Yo me amo tanto, tanto, que reservo mi intimidad a quien me valore, cuando decida que es tiempo de casarme. Y en el amor cristiano, ver crecer a mis hijos y envejecer al lado de quien amo, a pesar de problemas y discusiones. Si Dios está en mi hogar, todo será posible.
Ahora, hay que levantarse y seguir. Dios me quiere y me ha perdonado, y yo estoy dispuesta a escucharle. Y andar por sus caminos, y, a esperar, y ahora que lo pienso, a ayudar a que otras como yo, se entreguen al mundo por equis cuestión.
Así dijo el unicornio, y se perdió su mirada en el horizonte. Y sus pasos se guiaron a nuevas ideas, de la mano de su creador.