jueves, 17 de mayo de 2012

Una princesa pobre

Tengo un corazón, con la increíble capacidad de latir.Y si sólo paso latiendo por el mundo, será una caja mecánica.Por eso mi corazón ya no late, hace música.Pasar haciendo música es la mejor forma de vivir.

Me contaron que este 30 de abril, día del niño en México, había una niña, vestida con ropa vieja, andrajosa y sucia, que le quedaba grande, y le daba dos vueltas al cuerpo, con unos zapatos que ya no eran zapatos. Y en su cabello las muestras de la desnutrición de mi gente: amarillo, pajizo, quebrado y ralo, sucio, lleno de polvo. Con el cuerpecito lleno de tierra, las formas del esqueleto marcadas en su ser, las mejillas pálidas, llenas de manchas, y los dientes incompletos.


Y esa pequeña, ostentaba con orgullo y gran dignidad una tiara de plástico, usada, y que alguna vez tuvo gemas de fantasía, de la cual ahora sólo había unas cuantas cuentas. Y sonreía, indiferente a su pobreza, feliz. 


-¿Verdad mami que soy una princesa?, fue lo que dijo a su mamá, sin darse cuenta que la gente, normalmente indiferente, que pasaba por la calle, se detuvo.


Y se quedaron mudos, con ganas de llorar, con un nudo terrible en la garganta, observando la princesa pobre, la princesita que lo era, más que muchas que nacieron en pañales de seda. Y, a pesar de lo triste, arrancó sonrisas a todos, porque ella era feliz, una niña feliz a pesar de la difícil situación en que vivía. Y creo que los transeúntes por un momento tuvieron misericordia con esa pequeña alma. 


-Sí, hija, dijo la madre, con las lágrimas en la cara. Lo eres.


Porque, a veces somos necios y pasamos indiferentes ante el dolor humano, ante la pobreza, ante la injusticia. Y una princesa pobre nos vino a enseñar a todos, los presentes y los que escuchamos la anécdota,   que la pobreza y la falta de bienes materiales, no es falta de dignidad, sino una razón para portar un estatus con orgullo. El ser una princesa, el sentir que lo es, sin importar que haya nacido entre nopales y tierra, porque lo llevaba en su corazón, y eso es lo que de verdad valía la pena.


Y esa niña, nos dio una sonata triste también, al golpearnos la realidad con tanta crudeza. Pero en esa breve conversación madre e hija, en ese pequeño momento, también brindó música para el alma. Pasó entre nosotros haciendo música con el corazón. Mi princesa pobre, el ver las lágrimas en el rostro de quien me relató esto, me dio a entender que has hecho algo en un corazón duro. Lo has cambiado, haciéndolo humilde y servicial con tu inocencia y tu dignidad. Eso, eso es lo que se llama milagro.

Hay gente que pasa la vida latiendo, y otros que, sin importar el origen, hacen música. Y esos son inmortales. 

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